
Todo salió bien, pero Emily sabía que su tío iría a por ellos y que no se rendiría hasta encontrarlos. Eran muy valiosos para él, pues los hacía trabajar como criados sin pagarles ni un solo penique. Cruzar Londres con rapidez era vital, y para ello necesitaban un carruaje con cochero y cuatro caballos, lo que resultaba muy caro, como Em no tardó en descubrir.
Así que atravesaron Londres en un vehículo de alquiler y permanecieron un par de noches en una posada decente, una que les había parecido lo suficientemente segura para dormir en ella. Aunque luego Emily ahorró todo lo posible y viajaron en un coche correo, si bien cinco días de viaje junto con las comidas y las noches en varias posadas hicieron que sus exiguos fondos menguaran de manera alarmante.
Para cuando llegaron a Axminster, Emily ya se había dado cuenta de que ella, y quizá su hermana Issy, de veintitrés años, tendrían que buscar trabajo. Aunque no sabía qué tipo de trabajo podían encontrar unas jóvenes de clase acomodada como ellas.
Hasta que vio el anuncio en el tablero.
Volvió a mirar el papel otra vez mientras practicaba, como había hecho durante horas, las frases correctas para convencer al dueño de la posada de que ella, Emily Beauregard -por ahora no era necesario que nadie supiera que su apellido era Colyton-, era la persona indicada para encargarse de la posada Red Bells.
Cuando les enseñó el anuncio a sus hermanos y les informó sobre su intención de solicitar el empleo, ellos le habían dado su bendición como siempre, mostrándose entusiasmados con el plan. Ahora llevaba en el bolsito tres inmejorables referencias sobre Emily Beauregard, escritas por falsos propietarios de otras tantas posadas, las mismas en las que se habían hospedado durante el viaje. Ella había escrito una, Issy otra y Henry, de quince años y dolorosamente dispuesto a ayudar, escribió la tercera. Todo ello mientras esperaban al comerciante y su carreta.
