– Pensándolo mejor, debería entregarlos en persona -carraspeó-. ¿Dónde podría hacerlo?

– Pruebe en el Delaford -Ellie rió entre dientes-. Es un hotel con spa en la Ruta 18. Siga los letreros.

Él sacó la cartera y pagó. Luego le dedicó a Ellie una sonrisa agradecida.

Al salir, miró la pintoresca Main Street.

Había ido a Austell en busca de una casa junto al lago, un lugar tranquilo fuera de la vorágine de San Francisco, donde pudiera vivir en relativo anonimato, donde pudiera pasear por la calle sin que la gente lo mirara.

Su intención había sido realizar una rápida parada en la ciudad para ver unas propiedades antes de seguir hacia la casa de su hermana. Pero un encuentro fortuito en una chocolatería había modificado sus planes.

Regresó al coche. Volvería a ver a Darcy; se aseguraría de ello. Aunque cuando sucediera, no estaba seguro de lo que le diría.

¿Cómo sacaba un caballero el tema de su anterior aventura de una noche?

Pudo ver reconocimiento en los ojos de ella, pero ¿era real o se engañaba a sí mismo? Tal vez para Darcy no fuera el hombre con el que había pasado una noche increíble, sino Kel Martin, pitcher de los San Francisco Giants.

– Si la vuelvo a ver, fingiré que no la recuerdo -murmuró-. A menos que ella me recuerde, entonces yo también la recordaré.

Era un plan, aunque no estaba seguro de que fuera el mejor que pudiera trazar. Sólo necesitaba unos momentos a solas con ella para descifrar sobre qué terreno se hallaba.

Arrancó y puso rumbo al oeste. Tal como había dicho Ellie Fairbanks, los letreros lo guiaron hasta el Delaford. Hacía unos años lo habían invitado a jugar un torneo de golf de celebridades en aquel hotel. Si hubiera aceptado, quizá habría podido renovar su relación mucho antes.

Un largo sendero de ladrillos serpenteaba por unos jardines hermosos. El hotel de dos plantas, una mezcla de la arquitectura nueva de California con la antigua colonial española, se levantaba en el centro de la pista de golf. La entrada estaba flanqueada por columnas enormes. Al detenerse, un aparcacoches corrió a su encuentro. En cuanto bajó, el hombre sonrió.



10 из 63