Y cuando él había captado su atención, no había visto que lo reconociera.

En aquel momento, lo único que Kel había querido era mantener una conversación normal con una mujer… nada de béisbol, ni sonrisas de plástico ni caricias casuales. Había querido algo sencillo y relajado. Jamás había imaginado los placeres que había terminado experimentando con ella.

Con el paso de los años, había tratado de convencerse de que Darcy no era distinta de cualquier otra mujer. Se había dicho que si hubiera llegado a conocerla, se habría convertido en alguien desesperado, posesivo, ansioso de reclamarlo como un trofeo que poder exhibir ante sus amigas.

– No pienso repetir el mismo error -musitó.

Si mantenía alguna esperanza de quitarse esa noche de la cabeza, tendría que demostrarse que Darcy era una mujer corriente y no la definitiva diosa sexual.

Salió del coche y cruzó la calle. Austell era una ciudad pequeña. No debería resultar muy complicado encontrarla. Probablemente, estaría casada y con hijos. Eso pondría fin a sus fantasías.

Abrió la puerta de la tienda y entró de nuevo. Ellie Fairbanks le sonrió al acercarse.

– Sé por qué ha vuelto -comentó con las manos sobre el mostrador.

– ¿Sí?

– Ha probado esos chocolates que compró para su hermana y necesita otra caja.

– Sí. Pero esta vez me gustaría que la enviaran.

– ¿Dónde vive su hermana?

– Quiero que se la envíen a esa morena bonita que estaba aquí hace unos minutos. Tiene su nombre y su dirección, ¿verdad?

– Sí -respondió Ellie.

Kel asintió.

– ¿Y se podría saber cuál es?

Ellie plantó las manos en las caderas y lo miró con suspicacia.

– Tuve la clara impresión de que la conocía, pero ahora ya no estoy segura.

– Darcy y yo somos viejos amigos. Digamos que me gustaría renovar nuestra relación -repuso Kel-. Deme una caja de sus chocolates más deliciosos.

Ellie hizo una selección y luego regresó al mostrador. Le entregó una tarjeta, pero él se la devolvió moviendo la cabeza.



9 из 63