
– Hola, señor Martin. Bienvenido al Delaford.
Estaba tan acostumbrado a que la gente lo reconociera, que apenas lo notó. Le sonrió al aparcacoches y le arrojó las llaves.
– Mis maletas están en el maletero -dijo.
El vestíbulo estaba fresco y sereno, pintado con tonos suaves y adornado con plantas verdes. En el aire sonaba una música tranquila. La recepcionista lo recibió con una sonrisa cálida.
– Señor Martin, no lo esperábamos hoy. Qué agradable sorpresa que visite el Delaford.
– No tengo reserva. Me encontraba por la zona y pensé en venir para comprobar si tenían habitación.
La recepcionista miró en la pantalla de su ordenador.
– Disponemos de dos suites y de varias habitaciones de lujo. ¿Cuál preferiría?
– La suite. Por una semana, si es posible -sacó la tarjeta de crédito y se la entregó-. Espero que pueda ayudarme. Busco a… Darcy. ¿La conoce?
– ¿A la señorita Scott?
– Alta, morena, muy bonita. Unas piernas estupendas.
La joven asintió.
– Es ella.
– Sí, la señorita Scott -dijo Kel-. Darcy Scott -notó el nombre del hotel detrás de la recepción. Delaford Resort & Spa. Hotel Propiedad de A. Scott.
– Claro que la conozco. ¿Quiere que la llame para hablar con ella?
– No -decidió aguardar hasta el siguiente encuentro-. Pero me gustaría saber cómo ponerme en contacto con ella si fuera necesario.
– Simplemente, llame a recepción y pida hablar con la directora.
– La directora -repitió Kel. La hermosa, sexy y fascinante Darcy Scott era la directora del Delaford. No había esperado eso. Señaló el letrero-. ¿Su marido es el propietario del hotel? -era una forma torpe de obtener información, pero tenía que conocer la situación.
