Con un suspiro frustrado, volvió a dedicar su atención a la inmobiliaria. Kel Martin era parte de su pasado. Esa casa representaba su futuro.

Se hallaba casi frente al Delaford, al otro lado del lago.

– West Blueberry Lane -musitó. En unos meses, esa dirección podía ser suya… si hacía acopio de valor para realizar una oferta por la propiedad.

Los dos años que llevaba en el hotel, había estado viviendo en una suite, sin saber jamás el tiempo que iba a quedarse. Pero había llegado el momento de forzar la mano de su padre. O bien el trabajo en el Delaford era definitivamente para ella o bien no lo era… y en el primer caso, iba a realizar algunos cambios importantes en su vida. Pensaba comprar una casa y echar raíces.

Se acabó pensar que el Príncipe Encantado la esperaba a la vuelta de la esquina y supeditar sus esperanzas a eso. Cerró los ojos y pensó en Kel Martin.

Sí, era atractivo y habían pasado juntos una noche increíble e inolvidable. Pero ya era cinco años mayor y mucho más lista. Una noche de pasión jamás podría garantizar una vida de felicidad, sin importar lo tentadora que fuera la fantasía.

La puerta de su despacho se abrió y giró en el sillón. Amanda estaba en el umbral, jadeante. Cerró a su espalda y se apoyó contra la superficie de la puerta. Se abanicó la cara con la mano y respiró hondo.

– Adivina quién está en la recepción.

– ¿Mi padre? -sintió un nudo nervioso en el estómago. Aún no estaba preparada para él.

– ¡No! -exclamó Amanda-. ¡Inténtalo de nuevo!

Se sintió aliviada.

– No lo sé. ¿Arnold?¿J.Lo.? ¿Madonna? Recibimos a demasiados famosos. Las celebridades ya no me impresionan. Lo sabes.

– Kel Martin. Ya sabes, el chico que vimos hoy en la chocolatería. Planea quedarse una semana.

Darcy se levantó casi de un salto.

– No le habrás dado una habitación.

– Claro que no. Lo hizo Olivia. Está en la recepción.



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