
Sólo después de aceptar el trabajo se había dado cuenta de que su padre no tenía planes para que fuera permanente. Sam Scott todavía insistía en que el foco principal de ella debía ser encontrar marido, preferiblemente uno que tuviera interés en formar parte del negocio familiar.
Neil Lange había sido la elección perfecta. Había dirigido el hotel de Beverly Hills de su padre y, para deleite de éste, había mostrado un interés inmediato al conocer a Darcy. Ella había permitido que la encandilara y, durante un tiempo, había creído estar enamorada. Pero había demorado poner fecha a la boda.
Al final, se había dado cuenta de que casarse con Neil era otro intento de complacer a su padre. Y Neil solo había estado interesado en el puesto ejecutivo que conseguiría en la empresa. Después de devolverle el anillo de compromiso, Darcy había decidido que ya había hecho demasiado. Si su padre no podía aceptarla por la persona con talento, decidida y creativa que era, estaba preparada para marcharse para siempre.
Al llegar al vestíbulo, a Kel no se lo veía por ninguna parte. Maldijo para sus adentros cuando sintió que el corazón se le desbocaba. ¿Estaba nerviosa por echarlo o por volver a verlo? Quizá debería evitar una confrontación y esquivarlo toda la semana.
– ¿Lo has visto? -preguntó Amanda a su espalda.
– No.
– Darcy, ¿cuál es el problema?¿Está segura de que él te recuerda?
– Si no me recuerda, entonces, ¿por qué ha aparecido aquí?
Amanda se llevó un dedo al mentón.
– Oh, no sé. Quizá busca pasar unos días relajado. Tal vez desea jugar al golf o disfrutar de nuestro spa. ¿Quién sabe?
– ¿Y si me recuerda? -desafió Darcy-. ¿Y si quiere empezar algo otra vez? Probablemente piensa que me meteré directamente en su cama. Lo que probablemente haría -movió la cabeza-. Si no me recuerda sería aún más humillante, porque desde luego yo sí recuerdo cada centímetro de él.
– ¿Y cuántos centímetros había? -preguntó Amanda llena de curiosidad.
