
– No me refería a eso -se volvió y agarró a su amiga de las manos-. Por favor, ¿quieres decirle que se marche? Te prometo que te deberé un gran favor.
– No. Es tu problema. Yo soy la directora de los servicios para los huéspedes. No les digo a éstos que se marchen cuando disponemos de habitaciones -apretó la mano de Darcy y la llevó hacia el ascensor-. Está en la Suite Bennington -le dio un pequeño empujón.
Las puertas se cerraron y Darcy se apoyó en la pared. Pensaba echar del hotel al hombre que disfrutaba de la dudosa distinción de protagonizar sus fantasías sexuales más descabelladas. Algo que apenas podía considerarse un delito. Iba a tener que pensar en una excusa plausible para deshacerse de él.
Las puertas se abrieron en la segunda planta y salió.
– Simplemente, hazlo, rápida y limpiamente. Mantén la serenidad profesional.
Caminó por el pasillo hacia la Suite Bennington, luego se alisó la chaqueta y se pasó las manos por la falda. Pero justo cuando iba a llamar, la puerta se abrió.
Kel se hallaba en el umbral, con unos pantalones cortos de surf de cintura baja. Debajo del brazo llevaba la cubitera. Darcy le miró el torso, suave y musculoso y resplandeciente bajo la suave luz del pasillo.
– Hola -dijo él-. Volvemos a encontrarnos.
Darcy subió los ojos a su cara.
– ¿Otra vez? -¡santo cielo, la recordaba!
– ¿No te vi esta mañana en la chocolatería?
Se sintió aliviada.
– He visto que te acabas de registrar. Soy la directora del Delaford y…
– Has venido a averiguar qué necesito -él rió entre dientes, luego se apoyó en él marco y se frotó con pereza el pecho. La observó mirarlo-. Bueno, ¿qué me ofreces…? -se inclinó y clavó la vista en la placa con su nombre-. ¿Darcy Scott?
No había cambiado nada. Seguía siendo demasiado encantador para poder confiar en él. Era bien consciente de la fama que tenía con las mujeres y no pensaba volver a caer otra vez en brazos de él. Respiró hondo.
