
– En la recepción hay un cuaderno que expone todos los servicios que ofrecemos. En cuanto hayas tenido la oportunidad de mirarlo, estaremos encantados de hacer la reserva que te apetezca. Nos ocuparemos de todas tus necesidades.
– ¿De todas?
Se inclinó aún más y de pronto Darcy fue incapaz de continuar. Quiso retroceder, alejarse de su innegable magnetismo. Pero sintió que la atraía. Necesitaba alargar la mano y tocarlo, sopesar su reacción al contacto.
Despacio, levantó la mano y le acarició la mejilla, áspera por la barba de un día.
– Todas las necesidades dentro de lo legal -musitó ella.
Él emitió un gemido suave y le rodeó la cintura con el brazo para pegarla contra su cuerpo. Un instante después, la besó. Los recuerdos regresaron y los cinco años transcurridos se evaporaron como la niebla en un día soleado.
La lengua de él le recorrió los labios y ella se abrió ante ese gentil asalto. Probarlo le encendió la sangre y penetró en su alma. Sabía a… ¿chocolate? No había recordado eso, pero era placenteramente adictivo, un sabor que quería disfrutar. Sí, habían pasado años, pero era como si hubieran compartido ese mismo beso hacía muy poco tiempo.
La apretó más y le subió la pierna por el muslo hasta dejarle la falda en la cintura.
Con una mano le coronó el trasero. Darcy experimentó unas sensaciones salvajes hasta que tembló de necesidad. Así había sucedido la primera vez; el impulso se había convertido en acción con rapidez y sin un pensamiento consciente.
– Es estupendo -murmuró él, metiendo los dedos entre su cabello.
– Estupendo -repitió Darcy débilmente.
Una puerta se cerró detrás de ella y el sonido fue como un golpe en su sistema nervioso. Saltó hacia atrás, luego se bajó la falda y se arregló el pelo.
– Debería irme -pegó las manos sobre sus mejillas encendidas.
