– Gracias -murmuró-. Las probaré.

Amanda llamó a la camarera y pidió el carrito de los postres.

– Como no estamos comiendo en el Delaford, quiero ver qué cosas sirven aquí. ¿Te unes a mí?

– Se me ocurre una idea mejor -indicó Darcy-. Vamos a hacer una promoción de San Valentín con la nueva tienda de chocolates de la ciudad. A los ganadores les ofreceremos una cena en el Winery. A cambio, la tienda hará un nuevo monograma de chocolate para nuestras almohadas.

– Buen intercambio -comentó Amanda.

Darcy asintió.

– Ellie Fairbanks debería tener algunas muestras preparadas -dejó dinero en efectivo sobre la bandeja con la cuenta y se levantó-. Mientras estamos allí, compraré un cuarto de kilo de trufas y nos daremos el capricho de comerlas.

Salieron a la brillante luz de la tarde. El día era cálido para ser primeros de febrero, con una ligera brisa fresca. Caminaron por la bonita Main Street de Austell y giraron por Larchmont Street hacia Dulce Pecado. Unas letras doradas recién pintadas adornaban el escaparate y sonó una campanilla cuando cruzaron la puerta.

El interior del local estaba en silencio y suavemente iluminado. Unos expositores brillantes de cristal mostraban una seductora variedad de chocolates. Ellie atendía a un caballero, pero saludó con la mano a Darcy.

Amanda estudió los dulces mientras Darcy pasó el tiempo estudiando los hombros anchos y la cintura estrecha del cliente que tenía delante. No podía descubrir su edad, pero llevaba con elegancia unos pantalones oscuros y un jersey ceñido, ropa que potenciaba sus extremidades largas y esbeltas.



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