– Ahora que hemos dominado los dos pasos, ¿te gustaría probar un tango? -bromeó con sonrisa juvenil.

La sonrisa la hizo temblar por dentro.

– ¿Qu… qué? -la palabra salió como un graznido nervioso-. Oh, claro. Bailar. No. Quiero decir, lo siento -con rapidez se apartó, pero por un momento él no se movió. Aún tenía la vista clavada en su cara y una pequeña arruga se manifestó en la frente bronceada. Durante un instante, vio un destello de reconocimiento en esos ojos, pero al instante desapareció.

Se ruborizó. ¿La recordaría entre todas las chicas con las que se había acostado?

Había visto a un desconocido atractivo bebiendo una cerveza en su bar de Penrose, el hotel de San Francisco de su padre. Acababa de aterrizar desde San Diego para una reunión de la junta, y después de un día tenso, buscaba un modo de relajarse. Una copa de champán había llevado a otra, y antes de darse cuenta, subían en el ascensor a la habitación de él, incapaz de dejar de tocarse.

No se habían molestado con presentaciones ni hablado de por qué se hallaban solos en un bar. No pareció importar en su momento. Lo único que importaba era quitarse la ropa y lanzarse a los brazos del otro.

En cuanto lo consiguieron, el resto de la noche había pasado como en una nebulosa de órdenes desesperadas y sensaciones eléctricas. Al principio él le había explorado el cuerpo de forma tan minuciosa, que Darcy había pensado que se volvería loca cuando finalmente la penetró. Y entonces se había fragmentado con una intensidad que nunca antes había sentido… ni después.

Incluso en ese momento, pasado tanto tiempo, podía recordar cada instante, el peso de su cuerpo, la calidez de su boca, el sonido entrecortado de su voz al estallar dentro de ella.

Sintió los dedos de él en su brazo y parpadeó.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó él, mirándola.

– Sí -murmuró-. Por supuesto -dio otro paso a un lado y un momento mas tarde, él se había marchado. Igual que aquella mañana en que había despertado encontrándose sola en su habitación del hotel.



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