
Al oír el sonido de la campanilla, soltó el aliento contenido. Amanda corrió a su lado y la tomó del brazo.
– ¿Sabes quién era ese hombre?
– Sí, lo sé -repuso aturdida-. Kel Martin.
Amanda pareció desconcertada.
– No sabía que seguías a los Giants.
– Todo el mundo sabe quién es Kel Martin -repuso Darcy. Siempre estaba en las noticias, si no por su magnífico juego, sí por su llamativa vida amorosa. Aunque le costaba admitirlo, cada vez que aparecía en un diario o en una revista, hojeaba el artículo en busca de detalles y para estudiar la foto y catalogar una vez más cada una de sus atractivas facciones. Era un desconocido, pero todavía sentía como si fueran amantes, vívido el recuerdo de la noche que pasaron juntos.
– Te tocó -dijo Amanda.
Darcy bajó la vista a su antebrazo. El hormigueo parecía haberse extendido a sus dedos y a sus pies.
– ¿Lo hizo?
– Es muy atractivo -comentó Ellie Fairbanks-. ¿Os conocíais de antes?
Darcy movió la cabeza.
– ¿Por qué dices eso?
La mujer se encogió de hombros.
– Fue como si hubiera una… conexión entre vosotros… Bueno, tengo listas tus muestras. Pero debes probar algunos de nuestros otros chocolates. Lo que te tiente corre por mi cuenta.
– Aceptaré parte del romance que ofrecías -dijo Amanda-. ¿Y tú, Darcy? ¿Estás con ganas de amor?
– Creo que me quedaré con las trufas.
Ellie fue a uno de los expositores y Amanda la siguió. Mientras hablaban de los méritos de los distintos sabores, Darcy trató de calmar sus nervios. ¿Qué hacía Kel Martin en Austell? ¿De vacaciones o de paso? Esperó que no planeara quedarse en el Delaford.
Amanda regresó junto a ella con un par de trufas en la palma de una mano. Le ofreció una y, sin pensárselo, Darcy se la llevó a la boca. El chocolate cremoso se derritió al instante, con un toque de frambuesa en su centro. De sus labios escapó un gemido leve. Si había algo que podía hacerle olvidar el reencuentro con el pasado, no cabía duda de que eran las trufas. Pero haría falta más que una.
