Kel Martin estaba sentado del otro lado de la calle de Dulce Pecado y miraba a través de la ventanilla de su Mercedes descapotable cuando las dos mujeres salieron de la tienda.

Clavó la vista en la morena esbelta y se bajó las gafas para poder verla mejor. En cuanto desapareció alrededor de la esquina, con gesto distraído sacó un chocolate de la caja que tenía en el asiento de al lado y se lo llevó a la boca.

Nada más mirar a Darcy a los ojos había tenido la certeza de que era ella. Y en cuanto habló, las pocas dudas que pudo haber albergado se desvanecieron. Esa voz, tan suave y cautivadora, era imposible de olvidar.

Sus pensamientos rememoraron aquella noche, las experiencias nuevas y excitantes, que habían compartido. Había tenido muchas aventuras de una noche, pero aquella había sido diferente. Era como si su anonimato hubiera derribado todos los muros entre ellos, desterrando las inhibiciones.

Los dos se habían sentido completamente libres para probar los límites de su deseo.

– Darcy -musitó.

Jamás le había pedido que le dijera su apellido, ni se había molestado con un teléfono o una dirección antes de marcharse.

En aquel momento, estúpidamente había creído que habría otras como ella, mujeres que pudieran llegar hasta su alma y tomar control de su cuerpo como lo había hecho ella.

Sólo después se había dado cuenta de lo que habían compartido: puro placer y una conexión casi mística de sus cuerpos y mentes.

Había dedicado los cinco años a tratar de encontrarla, llegando a la conclusión de que había sido un momento perdido en el tiempo. Se pasó la mano por el pelo y emitió un gemido suave. Apenas habían hablado aquella noche y, sin embargo, cada minuto pasado juntos había quedado marcado de forma indeleble en su cerebro.

Tantos años atrás… A primera vista, Darcy había parecido inabordable. El bar había estado casi vacío y al principio ella no había notado su presencia.



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