
– Viniendo de usted, claro que no -dijo Templar con doble sentido.
De nuevo fue Patricia la que intervino para salvar la situacion. Conocia ya un poco el caracter del Santo y la preocupaba su temeridad. Lo creia capaz de sacar el revolver de un momento a otro.
– Algy, sea usted bueno y diga a mi tia que se de prisa.
– Ese es el sobrino de Mynheer Hans Bloem -observo el Santo con calma cuando la puerta se hubo cerrado tras el charlatan-. Tiene treinta y cuatro anos. Vivio algunos en los Estados Unidos. En Londres se le conoce como hombre que tiene minas en el Transvaal.
– Sabe usted mas de el que yo -dijo Patricia, asombrada.
– Es mi oficio espiar los asuntos de los demas -repuso Templar solemnemente-. Podria ser una falta de educacion, pero es muy util.
– Tal vez conozca usted tambien todo lo que a mi se refiere -exclamo Patricia, desafiante.
– Solo las cosas mas importantes. Que se educo usted en Mayfield; que la senorita Girton no es tia suya, sino una prima muy lejana; que lleva usted una vida muy tranquila, y que ha viajado algo. Depende usted de la senorita Girton porque ella administra sus bienes hasta que tenga veinticinco anos. Esto es, de aqui a cinco anos.
– ?Se da usted cuenta de que esta cometiendo una impertinencia? -prosiguio ella con acento glacial.
El Santo asintio.
– Es imperdonable -admitio-. Mi unica excusa es que cuando se ha puesto precio a la cabeza de uno, toda precaucion con las nuevas amistades es poca.
Al decirlo, miraba pensativo el contenido dorado de la copa, que conservaba en la mano sin beber.
– A su salud -dijo al fin, haciendolo. Dejo la copa en la mesa, sonrio y dijo-: Al menos, de usted nada tengo que temer.
Patricia no tuvo tiempo de encontrar una respuesta adecuada, porque, en aquel instante, Algy volvia con la senorita Girton y un hombre alto, delgado, de rostro curtido, que le presentaron al Santo con el nombre de Bloem.
