– No es muy vistoso -dijo, acariciando el canon-, y no lo emplearia para tirar al blanco, pero hace un agujero mas grande en un hombre que esas pistolas automaticas que parecen juguetes.

– Gracias, Horacio -dijo sonriente el Santo-. Hace demasiado ruido. Prefiero a "Ana".

– Bueno.

Horacio tenia la habilidad de poner todos los matices de expresion en este vocablo, y esta vez no cabia duda acerca de lo que queria decir.

El Santo estaba examinando una hoja delgada que habia sacado de una vaina atada al antebrazo, oculta por la manga. El punal tenia una hoja de quince centimetros de largo y estaba ligeramente curvada. La empunadura, que no pasaba de siete centimetros, era de marfil artisticamente tallado. En conjunto ofrecia un aspecto de algo vivo en manos de aquel hombre; su filo era tan agudo, que hubiera servido de navaja de afeitar. El Santo lanzo el arma al aire y la cogio, al caer, por el mango, volviendola con el mismo movimiento a su vaina y con tal velocidad, que desaparecio como por encanto.

– No vayas a insultar a "Ana" -dijo-. Es capaz de cortar el pulgar a un hombre antes de que este acabe de sacar el revolver.

Y con estas palabras se alejo, bajando la colina en direccion al pueblo, dejando a Horacio con su pesimismo.

Era a principios de verano; el tiempo era bueno, un hecho que hizo que la eleccion del torreon como vivienda fuera menos absurda que si hubiese sido en invierno. (Habia otros motivos para tal eleccion, ademas del deseo de respirar el aire fresco del mar y de llevar una vida tranquila.) El Santo silbaba mientras iba caminando, haciendo girar un formidable baston, mas sus ojos no dejaron de estar atentos un segundo a todo lugar que pudiera servir de escondite a sus posibles enemigos. Con pasos resueltos se dirigio a los arbustos que le habian parecido sospechosos por la manana, y estuvo un rato buscando huellas. Cerca del borde del risco encontro un casquillo entre las hierbas.



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