
La joven le miro sorprendida, frunciendo el ceno; pero la expresion de Templar la convencio de que hablaba sin la menor ironia.
– Nunca hubiera creido que alguien viniera aqui para eso.
– Al contrario -le aseguro Simon Templar en tono amistoso-, yo no vacilo en recomendar este encantador pueblo a todo aventurero como uno de los pocos sitios en Inglaterra donde luchas, asesinatos y muertes repentinas pueden estar a la orden del dia.
– Vivo aqui, con intervalos, desde que tenia doce anos, y lo mas emocionante que recuerdo es el incendio de una casa -contesto Patricia Holm, que no podia quitarse la impresion de que aquel hombre se burlaba de ella.
– En tal caso, sabra usted apreciar los sucesos venideros -murmuro el Santo en tono alegre, haciendo girar el baston.
Llegaron a la casa solariega, que no era un edificio imponente, sino sencillo y agradable, y la muchacha le tendio la mano.
– ?Quiere usted entrar?
El Santo no se hizo repetir la invitacion.
– Encantado.
La senorita le llevo a un salon sombrio, pero ventilado y bien amueblado. Simon tomo asiento en una de las butacas finamente tapizadas, sin darse cuenta del contraste que su indumentaria campestre producia con la riqueza del salon; el Santo no se fijaba jamas en tales detalles.
– ?Me permite que vaya a buscar a mi tia? -le pregunto la senorita Holm-. Se que le gustaria conocerle a usted.
– ?Naturalmente! -asintio el Santo, cuya sonrisa hizo sospechar a la muchacha que su contestacion se referia tanto a la pregunta como a la afirmacion.
La senorita Girton no tardo en llegar; Simon Templar, al verla, se dijo en seguida que el pueblo de Baycombe no habia exagerado al tildaria de antipatica. "Una bruja", habia dicho Horacio, y el Santo estaba conforme con esta apreciacion. La senorita Girton era fuerte y alta como un hombre y sorprendia la fuerza de su apreton de manos. Su rostro era curtido y duro; llevaba falda ancha, blusa de tejido burdo, medias de lana y zapatos gruesos de tacon bajo. El pelo lo llevaba corto.
