
Se quitó el traje empapado, se puso un batín de andar por casa y se sentó descalzo ante la estufa de gas. Miró alrededor, la amplitud de la estancia, los altos techos, y sonrió sin alegría; sus libros, sus grabados, su alfombra turca: su vida. En las primeras estribaciones de la cordillera de los cuarenta, era una década más joven que el siglo. Los años cincuenta habían encerrado la promesa de una nueva época de prosperidad y felicidad para todos, pero no estaban siendo como se anunciara. Clavó la mirada en un modelo articulado, de madera, como los que empleaban los artistas; tendría más de un palmo de altura, y se encontraba sobre la mesita del teléfono, junto a la ventana, con las extremidades dispuestas en imitación de un salto. Apartó la mirada y frunció el ceño, pero con un suspiro de contrariedad se puso en pie y fue a modificar la postura de la figura para darle una actitud de abatimiento que concordase mejor con el humor desolado y negro de esa mañana, con su resaca en aumento. Volvió a sentarse en el sillón. Cesó la lluvia y se hizo el silencio, interrumpido sólo por el siseo sibilante de la llama de gas. Tenía los ojos escaldados, como si se los hubiera hervido; los cerró y se estremeció en el momento en que ambos párpados hicieron contacto, dándose el uno al otro, a lo largo del borde inflamado, un beso mínimo, horrible. Vio mentalmente, con toda claridad, el momento de la fotografía: la hierba, la luz del sol, los grandes árboles, el calor, los cuatro caminando al paso, jóvenes y esbeltos y sonrientes. ¿Dónde pudo ser? ¿Dónde? ¿Y quién estaba al otro lado de la cámara?
2.
Pasaba de la hora del almuerzo cuando fue capaz de reunir la energía necesaria para ponerse en marcha e ir a trabajar. Al entrar en el departamento de Patología, Wilkins y Sinclair, sus ayudantes, intercambiaron una mirada inexpresiva.
– Buenos días, caballeros -dijo Quirke-. Buenas tardes, quiero decir.
