
– No puedo decírtelo -contestó la señorita Wycliff bajando la voz.
– ¿No puedes o no quieres?
– Yo no sé nada. Si supiera algo, te lo diría. Puedes contar con mi absoluta lealtad.
– Entonces, ¿hay algo?
La señorita Wycliff dudó.
– Es una corazonada. Lo siento. No puedo ser más explícita. No hay nada más que decir.
Jack se dio cuenta de que la señorita Wycliff no mentía. Era cierto que no sabía nada. Jack siempre se fiaba de las corazonadas porque, siempre que había cambiado de táctica en un juicio dejándose llevar por su intuición, había acertado.
– Si te enteras de algo…
– Te lo contaré -le aseguró la señorita Wycliff-. Me quedé viuda hace unos años y no tengo hijos. Esta empresa es todo lo que tengo y estoy dispuesta a hacer lo que sea para protegerla.
– Gracias.
La señorita Wycliff asintió y salió del despacho. Jack no estaba para muchos misterios y, además, aunque tenía en gran estima a la señorita Wycliff, ¿quién le decía a él que los intereses de ella eran los mismos que los suyos? La señorita Wycliff quería que la empresa durara para siempre y él se quería ir cuanto antes.
Si aquellas posiciones entraban algún día en conflicto, Jack tenía la corazonada de que su leal secretaria podía convertirse en su peor enemiga.
«Siempre que te cambias de trabajo, hay que ver la cantidad de papeles que hay que hacer», pensó Samantha dos días después, sentada en un despacho vacío y rellenando su solicitud formal de trabajo, así como el seguro, la tarjeta de entrada, la tarjeta de aparcamiento y la información de contacto en caso de urgencia.
Lo hizo todo rápidamente, sin poder creerse todavía que hubiera conseguido el trabajo de sus sueños sin apenas esfuerzo. Estaba tan encantada por ponerse en marcha que había ido a la oficina incluso antes de lo previsto.
– Gracias, Helen -murmuró.
Samantha era consciente de que su amiga se las había arreglado para meter su nombre en la lista de candidatas al puesto y le hubiera gustado mencionárselo a Jack en la entrevista, pero no lo había hecho porque Helen se lo había pedido.
