Jack recordó las desagradables conversaciones que solía tener frecuentemente con su padre sobre aquel tema.

George Hanson lo había intentado todo, desde el soborno a las amenazas y hacía tiempo que sospechaba que su padre era de una manera con él y de otra con el resto del mundo.

– Hicimos un trato -le explicó a la señorita Wycliff-. Después de terminar la carrera de Derecho, hice un master en empresariales. La idea era que, una vez terminados ambos estudios, yo podía elegir -añadió encogiéndose de hombros-. Elegí el Derecho.

– Elegiste lo que el corazón te pedía y lo que mejor se te daba -contestó la señorita Wycliff-. Eso era lo que siempre decía tu padre -sonrió-. El día en el que te hicieron socio del bufete trajo champán para celebrarlo.

¿Champán? Aquel día, Jack no había podido localizar a su padre y le había dicho a Helen, su segunda mujer, que le diera la noticia de su ascenso. Por supuesto, Helen le había mandado una carta de felicitación y un maletín de cuero como regalo. Ella siempre tan educada había firmado por los dos, pero Jack era perfectamente consciente de que todo lo había hecho ella. Su padre ni siquiera se molestó en devolverle la llamada.

– Tu padre era un buen hombre -insistió la señorita Wycliff-. Pase lo que pase, no debes olvidarlo.

– Es la segunda vez, en menos de diez minutos, que me dices eso -se extrañó Jack-. ¿Por qué?

Desde luego, la señorita Wycliff tenía que haber sido una auténtica belleza en sus años jóvenes y, si Jack no la hubiera conocido bien, habría apostado que entre ella y su padre había habido algo, pero sabía perfectamente que, aunque George Hanson sí que podría haber intentado tontear con ella, la señorita Wycliff jamás lo habría consentido.



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