
Por razones que a Samantha se le hacían del todo absurdas, tanto Jack como sus hermanos creían que Helen no era más que la mujer florero de su padre.
«Espero andar por aquí cuando se den cuenta de que detrás de esos enormes ojos hay un cerebro muy bien amueblado», pensó Samantha.
– Buenos días.
Samantha levantó la mirada y se encontró con Jack en la puerta del pequeño despacho. Estaba terriblemente sensual, como si acabara de salir de la ducha. ¿Por qué siempre le habían gustado tanto los hombres recién afeitados?
– Hola -contestó Samantha.
– Me habían dicho que te habías pasado por la oficina para arreglar algunos detalles -comentó Jack apoyándose en el marco de la puerta-. Gracias por aceptar el trabajo.
– Soy yo quien te da las gracias -rió Samantha-. Me muero por empezar a trabajar. Me han dicho que, si entrego estos papeles antes de la hora de comer, me dan la tarjeta de identificación y las llaves de mi despacho esta tarde.
– Sí, mi secretaria me ha dicho que ya tenemos una reunión concertada.
– Sí, el lunes por la tarde -contestó Samantha-. Me voy a pasar todo el fin de semana trabajando, poniéndome al día. Quiero hablar de los parámetros contigo antes de ponerme manos a la obra con mi equipo.
– No espero que trabajes veinticuatro horas al día los siete días de la semana -le advirtió Jack.
– Ya lo sé, pero estoy encantada con el trabajo y, además, no tengo muchas cosas que hacer. Acabo de llegar a Chicago.
– Razón de más para que emplees el fin de semana en salir por ahí a explorar la ciudad.
– Vaya, vaya, vaya, esto de que el jefe te diga que no trabajes es nuevo para mí -bromeó Samantha.
– No quiero que te quemes en una semana de trabajo. Te voy a necesitar mucho tiempo. Samantha estaba muy a gusto con el clima de confianza que había entre ellos y se alegraba sinceramente de que su amistad hubiera salido intacta después de una noche de pasión.
