
Entonces, ¿por qué se ponía tan nerviosa cuando estaba con él?
Aunque estaba bastante lejos de ella, era como si oyera su respiración en el oído, como si sintiera el calor que emanaba de su cuerpo.
Eso ya le había ocurrido antes.
En la universidad, se había pasado dos años en un estado constante de excitación sexual. En aquel entonces, necesitaba más su amistad que compartir su cama, así que había elegido ignorar la atracción física que había entre ellos.
Aquella noche no había podido seguir fingiendo.
– Te prometo que, cuando termine de trabajar, saldré a dar una vuelta por la ciudad -comentó.
– Está bien, me rindo. Esclavízate tú solita, yo no te voy a decir nada. ¿Ya te has instalado?
– Si a llevar dos maletas a la habitación del hotel se le puede llamar instalarse, sí -sonrió Samantha.
– ¿No vas a buscar una casa?
– Sí, supongo que sí, pero ahora estoy muy ocupada y no tengo tiempo -mintió Samantha.
Lo cierto era que ir a buscar casa le daría demasiado tiempo para pensar y no quería meterse en introspecciones.
– En el edificio en el que yo vivo hay unos pisos amueblados preciosos que alquilan por meses. Yo empecé alquilando uno durante dos meses, me gustó y me lo compré.
– Muy interesante -contestó Samantha con prudencia.
Jack sonrió.
– No te preocupes, es un edificio enorme. No nos encontraríamos muy a menudo.
¿Acaso Jack creía que ella creía pensaba sería un problema encontrarse? Bueno, sí, a lo mejor lo sería. Samantha tenía la sensación de que encontrarse con Jack fuera del trabajo podría complicarle la vida e incluso resultar peligroso para su salud mental. ¿Pero acaso no se había prometido a sí misma que iba a dejar de huir de la vida? ¿Acaso no había decidido que se había terminado aquello de huir de la verdad?
