– Gracias por la información. ¿Tienes un teléfono de contacto?

– Sí, lo tengo en mi despacho, ahora te lo traigo -contestó Jack.

Mientras Jack iba a su despacho, Samantha volvió a concentrarse en los papeles que tenía ante sí, pero no pudo evitar pensar en el piso vacío que había dejado en Nueva York semanas atrás.

Ella había creído que siempre viviría en Nueva York, creía que sabía lo que la vida le deparaba. Qué curioso que los sueños de una vida pudieran meterse en seis o siete cajas y que el hombre que ella creía que la iba a querer para siempre hubiera resultado ser un ladrón y un mentiroso.

Capítulo 2

– Estamos trabajando en, eh, las actualizaciones en estos momentos -dijo Arnie revolviéndose incómodo en su asiento-. Las primeras, eh, deberían estar listas, eh, para finales de mes.

Jack tuvo que hacer un gran esfuerzo para no hacer una mueca de compasión porque, en el bufete, los clientes estaban tan distraídos por los cargos de los que se les acusaba que no tenían energía para ponerse nerviosos y, en los juzgados, a Jack le importaba un bledo que sus preguntas molestaran a un testigo hostil.

Sin embargo, Arnie no era ni un cliente ni un testigo hostil sino un as del departamento de informática que, obviamente, estaba incómodo ante su nuevo jefe.

Jack hojeó el informe que tenía ante sí y miró a su empleado.

– Por lo que veo, vais según lo previsto -sonrió.

Arnie tragó saliva.

– Sí, la verdad es que nos lo hemos trabajado -contestó encantado-. Roger nos dijo que había que hacer las cosas bien.

A Jack le habría gustado que Roger, el jefe del departamento de informática, hubiera acudido a la reunión, pero no había podido ser.

– Vas a trabajar con Samantha Edwards. Se incorpora hoy. Es una mujer muy creativa y enérgica. Estoy seguro de que te impresionarán sus ideas -le dijo Jack a Arnie.



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