– Gracias -contestó Jack.

– Era un hombre paciente y amable que se interesaba realmente por todos sus empleados. Nos encantaba trabajar para él y fue un gran golpe para nosotros cuando murió.

Jack asintió. No sabía qué decir cuando la gente hablaba así sobre su padre. Describían a una persona a la que él no conocía.

En aquel momento llamaron a la puerta y, al levantar la mirada, Jack vio entrar a Samantha.

– ¿Llego tarde o pronto? -preguntó sonriente.

– Llegas justo a tiempo -contestó Jack fijándose en que, ahora que ya sabía que el trabajo era suyo, había dejado los pantalones negros y las chaquetas convencionales y había vuelto a vestir como a ella le gustaba de verdad.

Ese día llevaba una falda larga en tonos rojos, verdes y violetas, un jersey oscuro que le caía sobre las caderas, un pañuelo sobre un hombro, muchísimas pulseras y unos pendientes que sonaban cuando caminaba.

– Te presento a Arnie -dijo Jack señalando al hombre que tenía sentado frente a él-. Es del departamento de informática y va a trabajar contigo en la ampliación de Internet. Tú le dices lo que quieres y él te dice si es posible. Arnie, ésta es Samantha.

El otro hombre se levantó, se secó la palma de la mano en los vaqueros y, a continuación, se la tendió a Samantha, abrió la boca, la volvió a cerrar y la volvió a abrir.

– Eh, hola -dijo por fin sonrojándose levemente.

– Buenos días -contestó Samantha-. Así que tú y yo vamos a ser buenos amigos, ¿verdad? Presiento que nunca me vas a decir a nada que no.

Arnie se quedó mirándola con la boca abierta y volvió a sentarse. Jack tuvo que hacer un gran esfuerzo para no sonreír. Obviamente, Samantha había hecho otra conquista.

Lo que no le sorprendía en absoluto porque, cuando entraba en una habitación, todos los hombres se sentían inmediatamente atraídos por ella. Incluso él. No podía evitarlo. Le hubiera gustado estrecharla entre sus brazos y acariciarle el pelo, mirarse en sus ojos y sentirla temblar.



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