
«No puede ser», se recordó.
Samantha no había estado interesada en él diez años atrás y seguro que seguía sin estarlo. Bueno, se había interesado por él en una ocasión, pero después había dejado muy claro que no quería que se repitiera.
– No dejes que Samantha te diga todo el rato lo que tienes que hacer -le advirtió a Arnie en tono de broma-. Si la dejas, no para de dar órdenes.
– ¿Quién? ¿Yo? -se indignó Samantha en tono de broma también-. Pero si soy el colmo de la cooperación, yo nunca doy órdenes.
– Ya, eso es hasta que alguien se mete en tu camino y, entonces, te lo llevas por delante como una locomotora.
Samantha se sentó junto a Arnie y le tocó la mano.
– No le hagas ni caso. Jack y yo fuimos juntos a la universidad y, por lo visto, él tiene un recuerdo de las cosas muy diferente al mío. Yo jamás he pasado sobre nadie como si fuera una locomotora -añadió sonriendo a continuación-. Bueno, sólo en un par de ocasiones, pero eso es porque puedo resultar muy tenaz cuando quiero. En cualquier caso, Arnie, he estado leyendo los informes de tu departamento y veo que lleváis ya un tiempo apostando por esta ampliación.
Aquello sorprendió a Jack.
– No tenía ni idea.
Samantha lo miró.
– Su jefe se lo ha impedido. He leído los memorandos de Roger explicando por qué se negaba a la ampliación, por qué le parecía una mala idea. Por lo visto, tenía detrás a alguien gordo que respaldaba sus tesis.
Aunque Samantha no había dicho exactamente quién, Jack sospechaba que se trataba de su padre porque a George Hanson nunca le había interesado demasiado la tecnología.
– Eso fue en el pasado, vamos a centrarnos en el futuro -comentó-. Quiero que haya una relación muy fluida entre vosotros.
Samantha asintió.
– Estaremos en contacto continuamente vía correo electrónico, Arnie.
