A las tres en punto de la tarde, la señorita Wycliff llamó a la puerta del despacho de Jack.

– Pasa -le dijo Jack guardando el archivo con el que estaba trabajando en el ordenador y mirando a la que fuera secretaria de su padre.

– Los informes del día -anunció la mujer dejándole varias carpetas sobre la mesa.

– Gracias.

Jack frunció el ceño al ver la cantidad de papeles que iba a tener que leer. En teoría, lo sabía todo sobre cómo dirigir una empresa y tenía un master que así lo acreditaba, pero la teoría y la realidad a menudo tenían poco que ver y el suyo era uno de sus casos.

– ¿Qué tal está la gente? -quiso saber Jack.

– Por supuesto, echan de menos a tu padre. Era un hombre muy apreciado en la empresa. ¿Cómo no lo iba a ser? Era un hombre muy bueno.

Jack intentó poner cara de póquer pues sabía que su padre era un hombre de negocios que había vivido por y para su empresa y que nunca se había ocupado mucho de sus hijos.

Desde luego, eso no era lo que él entendía por ser una buena persona.

– Sí, han venido varias personas a mi despacho a decirme lo mucho que lo echan de menos -admitió Jack.

Había ido, por lo menos, una persona al día y Jack nunca sabía qué contestar.

La secretaria sonrió.

– Estamos todos encantados con que hayas venido tú a hacerte cargo de la empresa. Muchos de nosotros llevamos aquí muchísimo tiempo y no nos gustaría que le ocurriera nada a la compañía.

Jack tan sólo llevaba en su nuevo puesto un par de semanas, pero, por lo que había visto, la empresa iba maravillosamente bien y, en cuanto hubiera contratado a la gente apropiada, iría todavía mejor, así que no había motivo de preocupación.

– Tu padre estaba muy orgulloso de ti. ¿Lo sabías?

– Gracias -contestó Jack.

La señorita Wycliff sonrió.

– Solía decir que te iba estupendamente en tu bufete de abogados. Por supuesto, hubiera preferido que trabajaras en la empresa familiar, pero decía que tú preferías el Derecho, y que si el Derecho te hacía feliz, él también era feliz.



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