
Sólo sus ojos desmentían la quietud que rodeaba su persona.
– Y yo tengo algo que ver con esto.
Dixon volvió a asentir, una vez para arriba y otra para abajo.
– Quiero que los encuentre.
– ¿A los que pusieron la bomba?
Dixon asintió.
– ¿Sabe quiénes son?
– No. La policía de Londres cree que probablemente se trata de un grupo denominado Libertad.
– ¿Por qué los eligieron como víctimas?
– Simplemente estábamos ahí cuando arrojaron la bomba. Ni nos conocían ni les importábamos un bledo. Tenían otras cosas en qué pensar y se cargaron a mi familia. Quiero que los encuentre.
– ¿Sabe algo más?
– Sé qué aspecto tienen. En todo momento permanecí consciente y mientras estaba tendido los miré y grabé sus rostros en mi memoria. Los reconocería nada más verlos. Fue todo lo que pude hacer. Estaba paralizado, no podía moverme, las vi destrozadas en medio de los escombros, miré lo que habían hecho y memoricé todo lo que pude sobre ellos -sacó una carpeta de papel de Manila de debajo de la manta y me la entregó-. Mientras estuve en el hospital me visitaron un detective de Scotland Yard y un dibujante, yo les proporcioné las descripciones y juntos realizamos estos retratos.
La carpeta contenía nueve retratos robot de personas jóvenes -ocho hombres y una mujer- y diez páginas mecanografiadas con las descripciones.
– He pedido que hicieran copias -prosiguió Dixon-. Todos los retratos son muy buenos.
– ¿También quiere que los guarde? -inquirí.
– Sí.
– ¿Quiere que los encuentre?
– Sí. Le pagaré veinticinco mil dólares por cabeza y otro tanto por el lote. Y los gastos, por supuesto.
– ¿Muertos o vivos?
– Me da lo mismo.
– Yo no me dedico al asesinato.
– No le he pedido que se dedique al asesinato. Cobrará igual si tiene que matar a uno o a todos. Me da lo mismo. Quiero que los atrape.
