
– Me alegro. Un poco de amor propio no hace daño. No me importa lo que haga, cuál es su filosofía vital, si es bueno o malo, o si por la noche se mea en la cama. Lo único que me interesa son esas nueve personas. Quiero que las encuentre. Veinticinco mil por cabeza. Vivas o muertas. Quiero ver a las que atrape con vida y pruebas de aquellas a las que dé muerte.
– Muy bien -dije. No me ofreció la mano para que se la estrechara ni yo le ofrecí el saludo. Volvió a contemplar las colinas. El gato regresó de un salto a su regazo-. ¿Quiere que me quede con la fotografía de su familia?
Dixon no me miró.
– Sí. Mírela todas las mañanas, al levantarse, y recuerde que la gente que está buscando la hizo picadillo.
Asentí con la cabeza, pero no me vio. Creo que no veía nada. Contemplaba las colinas. El gato había vuelto a dormirse en su regazo. Encontré la salida por mi cuenta.
Capítulo 2
La recepcionista del despacho de Jason Carroll tenía cabellos rubios que parecían auténticos y bronceado que parecía total. Pensé en la totalidad de su bronceado mientras me guiaba por el pasillo hasta Carroll. La chica lucía una blusa azul y pantalón blanco ceñido.
Carroll se incorporó detrás de su escritorio de cromo y ónix y dio la vuelta para saludarme. También era rubio, estaba bronceado y la chaqueta deportiva azul cruzada y los pantalones blancos resaltaban su delgadez. Parecían una pareja de baile: Sissy y Bobby.
– Encantado de conocerlo, Spenser. Pase y tome asiento. El señor Dixon me dijo que me haría una corta visita.
Su apretón de manos era firme y muy estudiado. Llevaba un anillo de Princeton. Tomé asiento en un sofá de cromo con almohadones de piel negra, junto a un ventanal desde el que se divisaba buena parte del puerto y algo de las vías detrás de lo que quedaba de la estación Sur. En el equipo estereofónico sonaba música clásica a un volumen muy bajo.
