
El agua, que la refrescaba durante todo el verano, surgía de la colina y serpenteaba hasta el lugar. Durante todo su curso corría bajo la sombra de árboles tan añosos que la misma luna se entretenía en pasar por entre sus ramas sólo para escuchar algún buen cuento de los de antes. Por eso Peggy siempre iba a la casa, aun cuando Papá no la hubiera regañado. No era por la humedad del aire. Sin eso podía arreglárselas. Era por la forma en que el fuego se alejaba de ella y ya no necesitaba ser una tea. No tenía que mirar todos los sitios oscuros en que los demás se ocultaban.
Se ocultaban de ella, como si fuera a servirles de algo. Trataban de esconder en algún rincón oscuro lo que más les disgustaba de sí mismos, pero no sabían cómo ardían esos sitios oscuros ante los ojos de la pequeña Peggy.
Era tan pequeña que todavía escupía la papilla de maíz con la esperanza de que le dieran el biberón. Y sin embargo, ya conocía todas las historias que ocultaban los que vivían a su alrededor. Veía los fragmentos de su pasado que más deseaban poder enterrar, y veía los fragmentos más temidos de sus futuros.
Y por eso le agradaba venir a la casa del manantial. Allí no tenía que ver todas esas cosas. Ni siquiera a la señora del recuerdo de Papá. Allí no había más que el aire oscuro, cargado y húmedo, que extinguía el fuego y atenuaba la luz para que ella pudiera ser —aunque sólo por unos minutos al día— una niñita de cinco años con una muñeca de trapo llamada Bugy y no tuviera que pensar en los secretos de los adultos.
No he salido torcida, se dijo. Una y otra vez, pero no dio resultado porque sabía que no era cierto. Muy bien, se dijo. Salí torcida. Pero me enderezaré. Diré la verdad, como quiere Papá, o no diré nada.
Pero aun con sólo cinco años, la pequeña Peggy sabía que si mantenía esa promesa más le valdría callar.
