Los franceses del norte, en Detroit, pagaban los cueros cabelludos ingleses con licor, y si un piel roja veía un hombre blanco solo en el bosque y sin arma, éste podía dar por perdida su cabellera. Alguien podría haber pensado que la suerte estaba con ellos, después de todo. Pero como estos yanquis no tenían idea de que el camino pudiera ser peligroso, Alvin Miller no pensó ni por un momento en su buena fortuna.

Vigor dijo que había una posada a unos cinco kilómetros. Era una buena nueva, salvo que entre ellos y la casa se interponía un río. Era un río escuálido, de vado poco profundo, pero Alvin Miller había aprendido a no fiarse nunca del agua. Por inofensiva que parezca, crecerá y tratará de llevarte.

Estuvo tentado de decir a Fe que pasarían la noche de este lado del río, pero la mujer lanzó un débil quejido, y entonces supo que no tenían alternativa. Fe le había dado doce hijos vivos, pero habían pasado cuatro años desde que naciera el último, y muchas mujeres tenían dificultades en dar a luz después de tanto tiempo. Muchas morían. Una buena posada significaba comadronas que podían ayudar en el alumbramiento, de modo que tendrían que cruzar las aguas.

Y además, Vigor había dicho que el río no era gran cosa.

Capítulo 3

LA CASA DEL MANANTIAL

En la casa del manantial el aire era fresco y cargado, oscuro y húmedo. A veces, cuando Peggy echaba una siesta en el lugar, despertaba boqueando, como si todo el sitio estuviese bajo las aguas. Soñaba con agua aun cuando no estuviese allí, lo cual hacía decir a algunos que la niña no era una «tea» sino una «hidromántica». Pero cuando soñaba al aire libre siempre sabía que estaba soñando. En la casa del manantial, en cambio, el agua era real.

Real, en las gotas que se condensaban como sudor sobre los jarros de leche dispuestos en la corriente. Real, en la arcilla fría y húmeda del suelo de la casa. Real, en los borbotones que parecían provenir del arroyo que atravesaba las tierras de la casa.



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