En dos minutos los mellizos Moderación y Previsión estaban en la orilla atando una gruesa soga a un árbol robusto. David y Mesura pasaron otra cuerda por los aparejos que sujetaban a los caballos, mientras Calma cortaba las correas que los unían a la carreta. Buenos hijos. Hacían su trabajo con prontitud, mientras Vigor les daba instrucciones a gritos y Alvin miraba impotente desde la parte trasera del carro. Miraba el rostro de su esposa, que trataba de no parir al niño, miraba el río Hatrack, que trataba de llevárselos a todos al infierno.

No era gran cosa, había dicho Vigor, pero entonces las nubes se juntaron y la lluvia cayó, y el Hatrack sí fue una gran cosa. Aun así, cuando llegaron a él parecía fácil de cruzar. Los caballos pisaban firme y Alvin dijo a Calma, quien llevaba las riendas:

—Hagámoslo sin perder un minuto.

Y entonces el río enloqueció. La corriente se aceleró y cobró fuerza en un instante, y los caballos fueron presa del pánico y perdieron la dirección, para tironear cada uno por su cuenta. Los chicos se lanzaron al agua para tratar de conducirlos hacia la orilla, pero para entonces la carreta había perdido el impulso y las ruedas ya estaban atrapadas en el barro. Casi como si el río hubiera sabido que iban hacia él y hubiera reservado su peor furia para cuando estuvieran en el centro y no pudieran regresar.

—¡Mirad, mirad allí! —grito Mesura desde la orilla.

Alvin levantó la vista hacia la corriente para ver qué plan diabólico preparaba el río, y distinguió un tronco inmenso que venía flotando sobre las aguas, de punta, como un ariete enfurecido, con la raíz dirigida al centro de la carreta, justo donde Fe estaba sentada con su hijo a punto de nacer. Alvin no supo hacer otra cosa que invocar el nombre de su esposa con todas sus fuerzas. Tal vez íntimamente pensara que podía mantenerla con vida con sólo repetir su nombre, pero no había esperanza, ninguna esperanza.



16 из 251