
Sólo que Vigor no lo sabía. El joven saltó cuando el árbol estaba a unos metros, y su cuerpo cayó precisamente sobre las raíces. El impulso del salto lo desvió ligeramente, y luego lo hizo rodar y alejarse de la carreta. Naturalmente, Vigor rodó con él y fue arrastrado bajo las aguas, pero dio resultado. Las raíces del árbol esquivaron la carreta por completo, aunque el tronco la embistió de lado.
El árbol avanzó por la corriente y se estrelló contra un peñasco que había en la orilla. Alvin estaba a unos treinta metros, pero desde ese momento en su recuerdo siempre vio la escena como si hubiera estado en el mismo lugar. El árbol estrellándose contra la roca, y entre los restos, Vigor. Fue una fracción de segundo que duró una existencia. Los ojos de Vigor desorbitados por la sorpresa, la sangre que manaba a borbotones de su boca para salpicar el árbol que lo estaba matando. Y luego el río Hatrack arrastró el árbol corriente abajo. Vigor se hundió en las aguas: todo menos el brazo, que quedó enredado entre las raíces y tieso en el aire, como un invitado al despedirse tras una visita.
Alvin veía morir a su hijo con tal desesperación que apenas advertía lo que le sucedía a él mismo. El empellón del tronco había sido suficiente para desatascar las ruedas encajadas. La corriente arrastró consigo la carreta, aguas abajo, mientras Alvin se aferraba a la parte trasera, Fe gemía en su interior y Eleanor gritaba con todas sus fuerzas en el asiento del cochero. Desde la orilla, los chicos clamaban con desesperación:
—¡Aguanta! ¡Aguanta!
Y la soga aguantó. Un extremo la sujetaba a un árbol robusto, y el otro, a la carreta. El río no pudo llevársela, pero en cambio la proyectó contra la orilla del modo en que un niño podía haber lanzado una roca atada a una cuerda. Cuando se detuvo, el carromato quedó cerca de la ribera, con el frente mirando aguas arriba.
