
—¡Resistió! —gritaron los chicos. —Gracias a Dios… —gritó Eleanor. —El niño va a nacer —susurró Fe. Pero lo único que oía Alvin era el débil gemido que su primogénito había exhalado por última vez; no podía ver más que al joven aferrado al árbol mientras rodaba y rodaba sobre las aguas; no podía decir sino una sola palabra, una única orden:
—¡Vive! —murmuró. Vigor siempre le había obedecido antes. Había sido un compañero trabajador y voluntarioso. Más un hermano o un amigo que un hijo. Pero esta vez supo que le desobedecería. Y sin embargo, repitió a media voz—: Vive… —¿Estamos a salvo? —preguntó Fe, con voz temblorosa.
Alvin se volvió para mirarla y trató de ocultar la agonía que asomaba a su rostro. Para qué darle a conocer el precio que Vigor pagaba para que ella y el niño se salvasen. Ya tendría tiempo de saberlo una vez que el pequeño naciera.
—¿Puedes trepar para salir de la carreta? —¿Sucede algo malo? —preguntó Fe al ver su rostro.
—Me asusté mucho. El árbol pudo habernos matado. ¿Puedes trepar, ahora que estamos junto a la orilla?
Eleanor se inclinó desde la parte delantera de la carreta.
—David y Calma están allí para ayudarte a subir. La cuerda ha resistido, Mamá, pero no sabemos cuánto tiempo más lo hará.
—Vamos, Mamá, es sólo un paso —dijo Alvin—. Podremos arreglárnoslas mejor con la carreta si estás en tierra firme.
—El niño está naciendo… —comenzó Fe.
—Será mejor en la orilla que aquí —la cortó Alvin con brusquedad—. Baja. Ahora.
Fe se puso de pie y trepó torpemente hasta el pescante. Alvin venía tras ella para ayudarla si resbalaba. Hasta él podía advertir la forma en que el vientre había caído. El niño ya debía de estar asomando la cabecita para respirar.
Pero en la orilla ya no estaban sólo Calma y David. Había desconocidos, hombres corpulentos, y varios caballos. Incluso una pequeña carreta, lo cual fue una agradable visión. Alvin no tenía la menor idea de quiénes pudieran ser, ni de cómo habían llegado hasta allí en su ayuda, pero no era momento de entretenerse en presentaciones.
