—¡Eh, gente! ¿Hay alguna comadrona en la posada?

—La posadera se las arregla con los partos —dijo uno grandote, de brazos que parecían patas de buey. Seguramente un herrero.

—¿Podéis llevar a mi esposa en la carreta? No podemos perder un solo instante.

Alvin sabía que era algo impúdico que los hombres hablaran tan abiertamente de un alumbramiento, delante de la misma mujer que iba a parir. Pero Fe no era tonta. Sabía qué cosas importaban, y conseguirle un lecho y una hábil partera era más importante que andarse con remilgos sobre la cuestión.

David y Calma ayudaron a su madre a descender de la carreta con suma cautela. Fe se partía de dolor. Desde luego una parturienta no tendría que andar saltando de una carreta para caminar hasta la orilla, seguro. Eleanor venía detrás de ella, tomando las riendas de todo, como si no fuera menor que sus hermanos varones, salvo los mellizos.

—¡Mesura! Que las niñas se reúnan. Ellas vendrán en la carreta con nosotras. Vosotros también, Previsión y Moderación. Sé que podríais ayudar a los chicos, pero os necesito para que cuidéis de las pequeñas mientras yo estoy con Mamá. —Con Eleanor no se jugaba, y la gravedad de la situación era tal que ni siquiera la llamaron Eleanor de Aquitania mientras la obedecían. Hasta las niñas más pequeñas dejaron de refunfuñar e hicieron lo que se les mandaba.

Eleanor se detuvo un momento en la orilla y miró hacia donde se encontraba su padre, sobre el asiento de la carreta. Sus ojos bajaron por la corriente y luego regresaron hasta su padre. Alvin comprendió la pregunta y meneó la cabeza en muda negativa. Fe no debía saber el sacrificio de Vigor. Las lágrimas asomaron ingratas a los ojos de Alvin, pero no a los de Eleanor. Tenía sólo catorce años, pero cuando no quería llorar, no lloraba.



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