
—Eso cambia las cosas —calculó el herrero—.
Habría nacido hidromántico, sin duda, y el agua aborrece ese don. —Los demás asintieron con aire de entendidos.
—El agua se salió con la suya—dijo Alvin—. Se salió con la suya, qué le vamos a hacer. Habría matado a Fe y al niño, si hubiera podido. Pero como no pudo, mató a mi hijo Vigor. Y ahora cuando nazca el niño, será el sexto hijo varón, pues sólo habrá cinco con vida.
—Algunos dicen que no importa si los primeros seis están vivos o no —aventuró un granjero.
Alvin nada dijo, pero sabía que eso lo cambiaba todo. Había creído que ese niño sería un prodigio, pero el río se había ocupado de que no fuera así. Si el agua no te detiene en un sentido, lo hace en otro. No debía haber esperado un hijo milagroso. El precio había sido demasiado alto. Durante el viaje no pudo ver otra cosa que a Vigor, bamboleándose entre el abrazo de las raíces, volteado por la corriente como una hoja atrapada en un remolino de polvo diabólico, mientras la sangre manaba de su boca para saciar la abominable sed del Hatrack.
Capítulo 5
LA MEMBRANA
La pequeña Peggy estaba de pie ante la ventana, mirando la tormenta. Podía ver todas esas chispas, especialmente una, tan intensa que era como el mismo sol. Pero alrededor de todas ellas se extendía una negrura. No, no era una negrura. Era una nada, como si fuera una parte del universo que Dios hubiera dejado inconclusa, que se agitaba en torno de esas luces como para separarlas, arrastrarlas, devorarlas.
La pequeña Peggy sabía qué era esa nada. Cuando sus ojos veían los fuegos ardientes y amarillos, también percibían otros tres colores. El naranja oscuro y rico de la tierra. El sutil gris del aire. Y el vacío negro y hondo del agua. Era el agua lo que quería destruirlos.
