
Jamás había visto el río tan negro, tan poderoso, tan terrible. Y en la noche, qué diminutos eran esos fuegos…
—¿Qué ves, niña? —preguntó Abuelito.
—El río se los va a llevar —dijo la pequeña Peggy.
— Ojalá que no.
La pequeña Peggy se echó a llorar.
— ¡Vamos niña! — la calmó Abuelito —. No siempre es algo bueno ver tantas cosas, tan lejanas, ¿verdad?
La niña sacudió la cabeza.
— Pero tal vez no todo sea tan malo como piensas…
En ese momento, vio que uno de los fuegos se separaba del resto y se revolcaba en la oscuridad.
— ¡Oh! — exclamó, tendiendo la mano como si pudiera coger la luz y devolverla a su sitio. Pero claro que no podía. Su visión era nítida y distante, pero sus brazos no llegaban muy lejos.
— ¿Se han perdido? — quiso saber Abuelito.
— Uno — murmuró Peggy.
— ¿No han llegado aún Pacífico y el resto?
— Ahora sí. La cuerda resistió. Están a salvo. Abuelito no le preguntó cómo lo sabía, ni qué veía. Sólo la palmeó en el hombro.
— Porque tú les avisaste. Recuerda eso, Margaret. Uno se perdió, pero si no los hubieras visto y no hubieras ido por ayuda, podrían haber muerto todos.
La niña sacudió la cabeza.
— Tendría que haberlos visto antes, Abuelito. Pero me quedé dormida.
— ¿Y te culpas por eso?
— Tendría que haber dejado que Mary la Mala me picoteara, y entonces Papá no se habría enfadado conmigo y no habría ido a la casa del manantial y no me habría dormido, y entonces los habría visto a tiempo…
— Ay, Maggie, todos sabemos fabricarnos rosarios de culpas como ése. No tiene sentido.
Pero ella sabía que sí lo tenía. No puede culparse a un ciego por no haberte avisado que había una serpiente ante tus pies, pero sí tiene culpa alguien que lo ve y no te dice una palabra. Sabía cuál era su deber desde la primera vez que tomó conciencia de que los demás no veían lo mismo que ella. Dios le había dado unos ojos distintos, conque más le valía ver y avisar o el diablo se llevaría su alma. El diablo o el profundo mar negro.
