— No tiene sentido — murmuró Abuelito. Pero entonces, como si le hubieran clavado una cornamenta en el trasero, dio un respingo y exclamó —: ¡Pero claro! ¡La casa del manantial! — Se acercó —. Escúchame, pequeña Peggy. No fue culpa tuya, ésa es la verdad. La misma agua que corre por el Hatrack es la que fluye por el arroyo de la casa del manantial. Es la misma agua que los quería muertos, y sabía que tú podías advertirlo e ir en busca de ayuda. Por eso te acunó y te arrulló hasta hacerte dormir.

Y a ella le pareció que aquello tenía sentido. Vaya si lo tenía.

— Pero, ¿cómo puede ser, Abuelito?

— Bueno, es propio de la naturaleza. Todo el universo se compone de cuatro elementos, pequeña Peggy, y cada uno quiere salirse con la suya — Peggy pensó en los cuatro colores que veía cuando ardían los fuegos interiores y supo cuáles eran antes de que Abuelito tuviera que nombrarlos —. El fuego hace que las cosas sean calientes y brillantes, y las consume. El aire hace que las cosas sean frescas y se introduce en todas partes. La tierra hace que las cosas sean sólidas y resistentes, para que duren. Pero el agua… el agua demuele las cosas, cae del cielo y arrastra consigo todo lo que puede, lo arrastra hasta el mar. Si el agua se saliera con la suya, todo el mundo sería suave, como un inmenso océano donde nada escaparía del alcance del agua. Todo muerto y suave. Por eso te dormiste. El agua quiere destruir a esos desconocidos, quienesquiera que sean. Arrastrarlos y matarlos. Es un milagro que llegaras a despertar…

—Me despertó el martillo del herrero —dijo la pequeña Peggy.

—Entonces es eso, ¿no lo ves? El herrero trabajaba con hierro, la más dura de las tierras, y con el furioso soplido de sus fuelles, y con un fuego tan caliente que quema la hierba que crece fuera de la chimenea. El agua no pudo tocarlo para que se quedara quieto.



24 из 251