
La pequeña Peggy apenas podía creerlo, pero debía ser así. El herrero la había rescatado de su sueño de agua. El herrero la había ayudado. Pero vaya, era para echarse a reír, eso de saber que por una vez el herrero había sido su amigo.
Se escucharon gritos en el portal y puertas que se abrían y cerraban.
—Han llegado gentes —dijo Abuelito. La pequeña Peggy vio las chispas de fuego abajo y encontró la que sentía más miedo y dolor.
—Es la madre —dijo Peggy—. Está a punto de tener un hijo.
—Bueno, pero mirad lo que es la suerte. Perder uno y ya tener otro por nacer, para poner vida donde hubo muerte. —Abuelito se incorporó con dificultad y bajó para ofrecer su ayuda.
Pero la pequeña Peggy no se movió de allí y siguió mirando lo que veía en la distancia. Ese fuego perdido no estaba perdido del todo. Estaba bien segura de ello. Lo veía ardiendo a lo lejos, por mucho que la oscuridad del río tratara de sepultarlo. No había muerto. Sólo lo había arrastrado, y tal vez alguien pudiese ayudarlo. Salió corriendo, pasó junto a Abuelito como una exhalación y se abalanzó escaleras abajo.
Mamá la cogió de un brazo mientras corría hacia la sala principal.
—El niño va a nacer —dijo Mamá—, y te necesitaremos.
—¡Pero Mamá, el que se fue por el río… está vivo!
—Peggy, no tenemos tiempo para…
Dos niños con idéntico rostro se metieron en la conversación.
—¡El que se fue por el río…! —exclamó uno.
—¡Sigue con vida! —gritó el otro.
—¿Cómo lo sabes?
—No puede ser…
Hablaban uno por encima del otro, atropellándose de tal modo que Mamá tuvo que imponer silencio para poder escuchar lo que decían.
—Era Vigor, nuestro hermano mayor. Lo arrastró el río…
—Pues está con vida —dijo la pequeña Peggy—, pero el agua sigue aferrándolo.
