Los mellizos miraron a Mamá como buscando confirmación.

—¿Sabe lo que se dice, buena posadera?

Mamá asintió, y los jóvenes partieron rumbo a la puerta, exclamando:

—¡Aún vive! ¡Aún vive!

—¿Estás segura? —preguntó Mamá con rudeza—. Sería una crueldad poner esperanzas en sus corazones de ese modo si no es cierto.

Los ojos centelleantes de Mamá asustaron a Peggy, que no sabía qué responder.

Pero entonces ya había llegado Abuelito.

—Oye, Peg —intervino—. ¿Cómo sabría que a uno se lo llevó el río si no lo hubiera visto de verdad?

—Tienes razón —reconoció Mamá—. Pero esta mujer ha estado reteniendo el niño demasiado tiempo, y me preocupa lo que pueda sucederle al pequeño. Ven, Peggy, y dime qué ves.

Condujo a la pequeña Peggy al dormitorio que había detrás de la cocina, donde dormían Papá y Mamá cuando había visitas. La mujer yacía sobre el lecho, oprimiendo la mano de una niña alta y de ojos profundos y graves. La pequeña Peggy no conocía sus rostros, pero reconoció sus fuegos, especialmente el temor y el dolor de la madre.

—Alguien gritaba… —susurró la mujer.

—Silencio ahora —conminó Mamá.

—… que seguía con vida…

La niña de ojos solemnes alzó la vista y enarcó las cejas, mirando a Mamá.

—¿Es cierto, buena posadera?

—Mi hija es una tea. Por eso la traje a esta habitación. Para que vea al niño.

—¿Ha visto a mi hijo Vigor? ¿Está vivo?

—Pensé que no se lo dirías, Eleanor —dijo Mamá.

La grave niña meneó la cabeza.

—Lo vio desde el carromato. ¿Está con vida?

—Díselo, Margaret—ordenó Mamá.

La pequeña Peggy se volvió y buscó ese fuego interior. Cuando se trataba de ver esas cosas no había pared que pudiera interponerse. Su llama seguía allí, aunque sabía que muy lejos. Esta vez, sin embargo, se inclinó de aquel modo tan peculiar suyo y aguzó la mirada.



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