—Está en el agua. Enredado en unas raíces.

—¡Vigor! —exclamó la madre desde la cama.

—El río quiere quedarse con él. Muere, muere, le dice.

Mamá tomó a la mujer del brazo.

—Los mellizos han partido para poner a los demás sobre aviso. Saldrá un grupo en su búsqueda.

—¡En la oscuridad…! —susurró la mujer con sorna.

La pequeña Peggy volvió a hablar.

—Está diciendo algo, una oración, creo. Dice… séptimo hijo.

—Séptimo hijo… —murmuró Eleanor.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Mamá.

—Si este niño es varón —explicó Eleanor— y si nace mientras Vigor aún está con vida, será el séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón, mientras todos los demás viven.

Mamá contuvo la respiración.

—Con razón el río… —dijo. No tuvo que completar su frase. En cambio, tomó la mano de la pequeña Peggy y la condujo hasta la parturienta—. Mira a este niño, y dime qué ves.

La pequeña Peggy ya había hecho lo mismo otras veces, desde luego. Era el principal uso que hacían de las teas: que miraran al niño por nacer justo antes del alumbramiento. En parte para ver cómo estaba colocado en la matriz, pero también porque a veces la tea sabía decir quién era el niño, qué sería, y podía anunciar eventos del porvenir.

Aun antes de que tocara el vientre de la mujer, pudo ver el fuego interior del niño. Era el que ya había visto. Ardía con tal brillo y calor que era como el sol y la luna, comparado con el de su madre.

—Es un varón—anunció.

—Pues dejadme parir a este hijo —repuso la madre—. Dejadme parirlo mientras Vigor aún tenga aliento…

—¿Cómo está colocado el pequeño? —quiso saber Mamá.

—Bien —repuso la pequeña Peggy.

—¿Primero la cabeza? ¿Boca abajo?

La niña asintió.

—¿Y entonces por qué no sale? —exigió Mamá.



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