
—Ella le estuvo diciendo que no naciera —dijo la pequeña Peggy, mirando a la madre.
—En la carreta… —comenzó la madre—. Ya estaba naciendo, y tuve que hacer un sortilegio.
—¡Pues habérmelo dicho antes! —dijo Mamá con aspereza—. Me pide que la ayude y ni siquiera me avisa que ha hecho un sortilegio. ¡Tú, niña!
Había un grupo de pequeñas de pie, cerca de la pared, con los ojos bien abiertos. No sabían a cuál de ellas se dirigía.
—Cualquiera… necesito esa llave de hierro que cuelga de la anilla, en la pared.
La más alta la tomó torpemente del gancho y se la extendió, con anilla y todo.
Mamá hizo oscilar el inmenso aro y la llave sobre el vientre de la madre, mientras invocaba suavemente:
He aquí el círculo, bien abierto, he aquí la llave que lo abre, sea hierro la tierra, sea justa la llama, deja las aguas y lánzate al aire.
La madre gritó de pronto, rota de dolor. Mamá soltó la llave, apartó las sábanas, levantó las rodillas de la mujer y con toda su rudeza ordenó a Peggy que viera.
La pequeña Peggy posó su mano sobre el vientre de la mujer. La mente del niño estaba vacía, salvo por cierta sensación de presión y frío que se agolpaba mientras emergía al aire. Pero la misma vacuidad de su mente le permitía ver cosas que ya nunca más sería capaz de volver a ver. Ante él se extendían los miles de millones de millones de caminos de su vida, aguardando sus primeras elecciones, ya que los primeros cambios en el mundo circundante eliminarían millones de futuros a cada segundo. Todos tenían ante sí el porvenir, como sombra vacilante que sólo por momentos lograba vislumbrar, y nunca con claridad, a través de los pensamientos del instante actual. Pero en ese caso, y durante unos inapreciables momentos, la pequeña Peggy los vio con toda nitidez.
Y lo que vio fue la muerte al final de cada camino. Ahogado, ahogado… Todos los caminos de su futuro conducían al niño a una muerte por agua.
