Papá respondió con voz lenta y suave.

—Una sola vez… —repitió.

Y entonces asomó la mano que tenía detrás de la espalda. Pero no llevaba un solo huevo, no. Era una cesta. Y en la cesta había un montón de paja —muy probablemente la paja del cajón de Mary la Mala—, y la paja estaba pegoteada y aplastada con huevo crudo seco y pedazos de cáscara mezclados con los restos masticados de tres o cuatro pollitos.

—¿Tenías que traer eso a casa justo antes del desayuno, Horace? —se irritó Mamá.

—No sé qué me enfurece más —dijo Horace—. Que haya hecho esta maldad o que haya preparado una mentira para salvarse.

—No he preparado nada y no he mentido —gritó la pequeña Peggy. O en todo caso quiso gritar. Lo que se escuchó se parecía lastimosamente al llanto, aun cuando la pequeña Peggy había decidido ayer, sin ir más lejos, que ya había llorado lo suficiente para el resto de su vida.

—Estarás contento —inquinó Mamá—. Has conseguido que se sienta mal…

—Se siente mal porque la he cazado —dijo Horace—. Eres demasiado blanda con ella, Peg. Es de las que mienten. No quiero que me salga una hija torcida. Preferiría verla muerta como a sus hermanitas antes que verla crecer torcida.

La pequeña Peggy vio que el fuego interior de Mamá se encendía de recuerdos, y ante sus ojos vio una hermosa pequeña yacer en un cajoncito, y luego otra, sólo que no era tan pequeña, porque era la segunda Missy, la que murió de pústulas y nadie podía tocarla salvo Mamá. Aunque Mamá estaba tan débil de las mismas pústulas que no pudo hacer demasiado. La pequeña Peggy vio la escena y supo que Papá había cometido un error al decir aquello, pues a Mamá sé le enfrió el rostro, a pesar de que su fuego interior seguía ardiendo.

—Es lo más maligno que alguien haya dicho jamás en mi presencia —dijo Mamá. Luego tomó de la mesa la cesta con la porquería y la llevó afuera.



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