
—Mary la Mala me pica en las manos —dijo Peggy.
—Veremos dónde te pica —anunció Papá—. Por haberte olvidado los huevos te daré un azote, porque comprendo que esa gallina lunática pueda asustar a una niñita como tú, del tamaño de una rana. Pero por decir mentiras te daré diez azotes.
Al escuchar la noticia, Peggy lanzó un quejido de súplica. Papá era riguroso en las cuentas, pero muy especialmente cuando se trataba de contar azotes.
Tomó la varita de avellano del estante superior. La guardaba allí desde que la pequeña Peggy había arrojado la anterior al fuego hasta reducirla a cenizas.
—Preferiría oír mil verdades duras y amargas de ti, hija, que una mentira fácil e inofensiva —sentenció, y luego se inclinó y le dio con la varita en los muslos. Juic, juic, juic, fue contando todos los azotes. Le dolían hasta el alma, tanta era la ira que contenía. Y lo peor de todo era que sabía que era injusto, pues el fuego interior de su padre rugía por una causa enteramente distinta, como siempre. El odio que Papá sentía hacia la perversidad siempre provenía de sus más íntimos recuerdos. La pequeña Peggy no llegaba a comprenderlo, porque era algo confuso y retorcido, y ni Papá mismo se acordaba bien de ello. Lo único que Peggy veía siempre con claridad era una señora que no era Mamá. Papá pensaba en esa señora cada vez que algo no salía bien. Cuando la pequeña Missy murió sin ninguna razón, y luego cuando la otra niña que también se llamaba Missy falleció de pústulas, y cuando una vez se incendió el granero y murió una vaca, cada vez que algo salía mal, él pensaba en esa señora y comenzaba a decir cuánto aborrecía la perversidad, y en esas ocasiones la varita de avellano volaba que ponía la carne de gallina.
Preferiría escuchar mil verdades duras y amargas; eso es lo que decía, pero la pequeña Peggy sabía que había una verdad que nunca querría oír, de modo que no pensaba decírsela. Jamás le diría nada sobre esa verdad, aunque él le partiera la varita de avellano en las nalgas, pues cada vez que pensaba en decir algo sobre esa señora, se imaginaba a su padre muerto, y eso era algo que nunca deseaba tener que ver. Además, esa señora que rondaba su fuego interior no tenía ropas, y la pequeña Peggy sabía que se ganaría unos cuantos azotes si hablaba de gente desnuda.
