
De modo que aguantó los azotes y lloró hasta que sintió que se le taponaba la nariz. Papá se alejó de la habitación de inmediato, y Mamá regresó a preparar el desayuno para el herrero, las visitas y los peones, pero nadie dijo esta boca es mía, como si lo ocurrido no fuera importante. Siguió llorando y gritando un minuto más, pero no sirvió de nada. Finalmente, tomó a su Bugy de la canasta de la costura y caminó envarada hasta la choza de Abuelito. Estaba dormido, pero lo despertó.
Él la escuchó, como siempre.
—Conozco a Mary la Mala —aseguró— y le advertí a tu padre cincuenta veces, vaya si lo hice, que le retorciera el cogote a la gallina esa, y a otra cosa. Es un bicho loco. Semana por medio le da un ataque y rompe sus propios huevos, aun los que ya están listos para nacer. Mata a sus propias crías. Quien mata a sus crías está loco de remate.
—Papá quisiera matarme —aventuró la pequeña Peggy.
—Bueno, si aún puedes caminar es que no ha sido tan grave.
—No puedo caminar mucho…
—Eso. Veo que quedarás tullida de por vida —dijo Abuelito—. Pero te diré algo. Por lo que veo, tu madre y tu padre están de morros. ¿Por qué no desapareces por un par de horas?
—Ojalá pudiera convertirme en pájaro y echar a volar…
—Lo mejor es que te consigas un rincón secreto donde a nadie se le ocurra ir a buscarte. ¿Tienes algún lugar así? No, no me lo digas. Si se lo cuentas a una persona siquiera, ya lo estás estropeando. Vete un rato a ese sitio, mientras sea un lugar seguro, que no esté en los bosques de las afueras, donde un piel roja podría quedarse con tu bonito cabello, y mientras no sea un lugar alto de donde te puedas caer ni un sitio pequeño donde puedas quedar atascada.
