
—Es grande, bajo y no está en el bosque —indicó la pequeña Peggy.
—Pues entonces ve, Maggie.
La pequeña Peggy frunció el ceño, como hacía cada vez que Abuelito la llamaba de ese modo. Sostuvo su Bugy en alto y, con la vocecita fina y quebradiza de Bugy, dijo:
—Se llama Peggy.
—Pues ve allí, Piggy, si así te gusta más…
Peggy palmeó a Abuelito en las rodillas con su Bugy.
—Un día de estos, Bugy volverá a hacer eso, tendrá un accidente y morirá —advirtió Abuelito.
Pero Bugy siguió bailoteando en sus narices e insistiendo:
—¡No es Piggy, es Peggy!
—Está bien, Puggy, te vas a ese sitio secreto, y si alguien dice que hay que encontrar a esa niña, yo responderé: sé donde está, y volverá cuando le venga en gana.
La pequeña Peggy corrió hasta la puerta de la choza y allí se detuvo.
—Abuelito, eres la persona mayor más maravillosa del mundo.
—Tu padre tiene una opinión distinta de mí, pero eso tal vez tenga que ver con otra varita de avellano a la cual solía recurrir con demasiada frecuencia. ¡Ahora lárgate!
Antes de cerrar la puerta se volvió otra vez.
—¡Eres la única persona mayor agradable! —Lo dijo a voz en cuello, con cierta esperanza de que la escucharan dentro de la casa. Y luego se marchó, cruzó el jardín, dejó atrás los pastos del ganado, subió la colina, se internó en el bosque y avanzó por el camino hacia la casa del manantial.
Capítulo 2
LOS DE LA CARRETA
Tenían una buena carreta, vaya si no, y dos buenos caballos que tiraban de ella. Incluso podría haberse pensado que era gente próspera, siendo que tenían seis varones, desde el mayor, ya hombre, hasta los pequeños, dos mellizos que de tanto pelearse estaban más fuertes de lo que cabía esperar a sus doce años.
