Y además, una hija mayor y un montón de hijitas. Una familia numerosa. Acomodados, habría pensado uno, de no saber que sólo un año atrás habían sido dueños de un molino y vivían en una inmensa casa a la vera de un arroyo, al oeste de Nueva Hampshire. Habían caído en desgracia, vaya que sí, y esa carreta era todo lo que les quedaba.

Pero tenían esperanza y viajaban rumbo al oeste, por los caminos que cruzaban el Hio, en busca de tierra disponible para la apropiación. Si la de uno era una familia de espaldas fuertes y manos diestras, sería una buena tierra, mientras el buen tiempo los acompañara, los pieles rojas no los capturaran y los banqueros y abogados se quedaran en Nueva Inglaterra.

El padre era un hombre corpulento, algo entrado en carnes, lo cual no era sorprendente, ya que los molineros por lo general se mueven poco en todo el día. Pero en tierras boscosas esas redondeces no le durarían un año. De todas formas, no pensaba mucho en ello. No era hombre que temiese el trabajo duro. Lo que ese día le preocupaba era su mujer, Fe. Le había llegado la hora de dar a luz, lo sabía. No es que ella se lo hubiera dicho directamente. Las mujeres no hablan de esas cosas con los hombres. Pero veía lo gruesa que estaba y sabía cuántos meses habían transcurrido. Además, cuando se detuvieron al mediodía ella le había dicho en un susurro:

—Alvin Miller

Un hombre no necesitaba ser filósofo para comprender de qué se trataba. Y después de seis varones y seis hembras, tenía que ser un cabeza de alcornoque para no darse cuenta de lo que se avecinaba.

De modo que ordenó al hijo mayor, Vigor, que se adelantara y echara un vistazo al camino.

Se podía saber que venían de Nueva Inglaterra en que el joven partió sin escopeta. De haber habido un piel roja, jamás habría regresado, y el hecho de que volviera con la cabellera intacta daba cuenta de que ningún indio lo había descubierto.



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