
– Acérquese usted, yo ya lo he visto demasiado.
Di varios pasos en la penumbra y al fin pude apreciar con claridad de qué se trataba. Era un hombre caído boca abajo. Me acerqué aún más. Sin lugar a dudas estaba muerto, a su alrededor se extendía un charco de sangre negra que parecía haber manado de una herida o golpe que tenía en el occipital. Fui incapaz de seguir observando detalle alguno; el asombro se anteponía a cualquier rasgo profesional. Llegué hasta donde estaba la superiora y la increpé de modo bastante absurdo:
– ¿Usted sabe lo que hay ahí? ¡Ese hombre está muerto!
– ¿Por qué cree que la he llamado? ¡Por supuesto que está muerto, alguien lo ha asesinado!
– ¿Desde cuándo lo sabe?
– Lo encontró al alba la hermana que hace la limpieza.
– Pero ¿sabe cuántas horas han pasado desde esta mañana?
– ¡Claro que lo sé, puedo contarlas igual que usted!
Las dos estábamos furibundas, casi chillando. Me pasé la mano por la cara como si fuera a despertarme de un mal sueño, aquello no podía ser verdad.
– ¿Sabe que debía haber llamado a la policía inmediatamente, sabe que…
Me interrumpí, exasperada, y saqué mi teléfono móvil.
– ¿Qué está haciendo? -inquirió la monja de muy mal talante-. Si hemos tardado tanto en llamar y si al final he decidido llamarla a usted es porque buscábamos ante todo la discreción. No podemos echar las campanas al vuelo tratándose de un tema del convento.
– ¿Qué sugiere, que lo enterremos en la cripta y borremos las huellas?
– ¡No diga tonterías ni se insolente conmigo. Éste es mi convento y aquí mando yo! ¿Tiene alguna idea de quién es ese hombre? ¡Es el hermano Cristóbal del Espíritu Santo, monje del monasterio de Poblet! ¿Quiere organizar un escándalo que implique a dos órdenes religiosas a la vez?
Apreté los dientes, la miré con furia y mascullé:
