– ¿Es usted vasca, madre?

– Pamplonica.

– Buena tierra.

– Al final, una monja no tiene tierra, ni familia, ni siquiera nombre, ya ve que nos lo cambian. Es más duro de lo que parece. Pero compensa, ¿y sabe por qué compensa?

– ¿Por la fe?

– Completamente cierto. Por la fe y por la paz. En el interior de los conventos hay paz, inspectora. No le digo que no haya trabajo, y papeleos, y lucha por la subsistencia; pero estamos preservadas de los vientos que soplan fuera. Me entiende, ¿verdad?

– La entiendo muy bien.

– Por eso la he llamado a usted. Ha ocurrido una cosa terrible, algo que nos podría arrojar a los leones, perturbar nuestra vida y nuestro estatus. De modo que resulta imprescindible la discreción, discreción absoluta.

– ¿De qué me habla?

– Prefiero que lo vea, luego le cuento.

Aplastamos nuestras colillas contra un cenicero de cristal basto y nos levantamos. Fui tras ella, acompasando mis pasos a su marcha casi atlética. En aquellos momentos había renunciado a cualquier deducción, estaba en blanco, pero el corazón me palpitaba con la violencia que antecede a los infartos, tanta era la expectación que todo aquello me había creado. La superiora paró de repente ante una puerta de doble hoja, de madera noble, más historiada que el resto de las que habíamos sobrepasado. Echó mano al bolsillo de su hábito y empezó a buscar enérgicamente.

– ¡Estas dichosas llaves!

Creí que iba a maldecir, pero encontró la llave que estaba buscando. Era grande, antigua, de hierro forjado. Con ella abrió la puerta y entramos. Encendió las luces, que iluminaron tenuemente una pequeña capilla gótica, bellísima en su simplicidad.

– Venga por aquí.

El caminar vigoroso de la monja se volvió más mesurado mientras nos encaminábamos a la parte posterior del altar. Allí, la madre Guillermina se paró en seco y me señaló un bulto informe que había en el suelo. No conseguía distinguir nada con claridad, la miré inquisitivamente.



9 из 389