
– Usted puede ser la priora de este convento y de diecisiete más y ese hombre el papa de Roma cortado en trocitos; me da igual; estamos en un país donde hay una ley y nadie está al margen de ella.
Noté cómo se sulfuraba a más no poder, cómo tomaba resuello para soltarme la próxima andanada, pero antes de que articulara una palabra la atajé:
– Madre Guillermina, si me impide durante un segundo más ejercer mis funciones de policía o retrasa de algún modo la investigación que necesariamente se va a producir, le aseguro que me la llevaré detenida por obstrucción a la justicia.
Se calló, aunque siguió lanzándome una mirada de perro dominante, que yo sostuve. Luego bajó los ojos y gruñó:
– Haga lo que tenga que hacer, pero le ruego que sea discreta.
No queriendo enardecerme en la victoria, marqué el número de Garzón mientras le susurraba:
– No se preocupe, lo seré.
El subinspector debía estar en una fiesta, porque su voz tenía como telón de fondo una increíble animación.
– ¡Hola, Petra! No puedo creer que me llame, tenemos la tarde libre, ¿recuerda?
– Se trata de un asunto grave, subinspector. Quiero que organice todo el operativo para el levantamiento de un cadáver. Envíelos al convento de las corazonianas que se encuentra junto a la plaza Sant Just i Pastor. Y venga usted también, a toda prisa.
– ¡Ja! Cada vez aprecio más su sentido del humor. Así que me espera en el convento como si usted fuera el Tenorio y yo doña Inés, ¿eh?
Me separé un poco de la religiosa y bajé la voz.
– Subinspector Garzón, deje la copa que tiene en la mano y tómese un café. Le quiero aquí inmediatamente, ¿entendido?
– Pero… ¡es el cumpleaños de mi mujer!
– Inmediatamente.
Colgué. Observé en la siempre expresiva mirada de la madre Guillermina cierto fulgor admirativo. A los autoritarios suele gustarles encontrarse a alguien que está cortado por su mismo patrón. Me puse frente a ella:
