
– Y ahora, mientras llegan mis compañeros, los sanitarios y el juez, empiece a contarme qué ha pasado.
– Pero es que aún no lo ha visto todo.
Se me aflojaron las piernas.
– No irá a decirme que hay algún muerto más.
Se movió en dirección a un muro lateral y señaló un aparatoso sarcófago vacío.
– Justamente lo contrario, hay un muerto menos. Ha desaparecido nuestro beato.
– Vamos a ver, madre, empecemos por el principio o conseguirá volverme loca.
– Es muy fácil, no se ponga nerviosa. El hermano Cristóbal llevaba varios días haciendo la restauración y mantenimiento de nuestro beato, fray Asercio de Montcada, una momia medieval, para que usted lo entienda.
– De acuerdo, ahora sí empiezo a entenderla. De modo que esta mañana han encontrado al hermano Cristóbal asesinado y, al mismo tiempo, ha desaparecido la momia de Fray Asercio.
– Exacto. Usted comprenderá, inspectora, que antes de tomar la determinación de poner todo esto en conocimiento de la policía necesitaba valorar personalmente el alcance de lo ocurrido.
– Al menos espero que nadie haya tocado nada.
– En absoluto. Yo misma fui a buscar la llave y cerré la puerta para que nadie entrara.
– De modo que si había alguien dentro tampoco pudo salir después de irse usted.
– Dentro no había nadie, se lo puedo asegurar.
– Si las cosas sucedieron como usted cuenta…
– La hermana Marcela entró para hacer la limpieza, encontró al hermano Cristóbal muerto y fue a avisarme inmediatamente.
– En ese lapso alguien pudo salir.
– ¿Y quién podía estar dentro?
– Si contestamos a esa pregunta enseguida encontramos la explicación, madre. ¿Estaba la capilla cerrada con llave?
– Nunca lo está. Todas solemos acudir en momentos puntuales, aunque siempre puede haber alguien que necesite la capilla para hacer sus devociones privadas a deshora.
