
– Ya. Y la puerta del convento, ¿queda bien cerrada por las noches?
– Por supuesto que sí; siempre lo está. Además, la cerraba el hermano Cristóbal cuando se iba. Mientras él estaba aquí nadie podía entrar desde fuera, pero sí salir desde el interior. Lo malo es que esa noche la puerta de la capilla que da a la calle permaneció abierta. O él le abrió a su asesino o por alguna razón la dejó abierta.
– De lo contrario esa puerta está siempre cerrada.
– Sólo se abre los domingos para que entren los turistas.
– ¿Y quién tiene la llave?
– No hay misterio ninguno. Está siempre colgada ahí -dijo señalando un rincón.
Al cabo de unos minutos que aproveché para observar cada detalle, entró la hermana portera, que me pareció más fea aún que la primera vez.
– Madre, ha llegado más policía, y un montón de gente con ellos.
La priora suspiró profundamente, tomó aire, se santiguó y por fin dijo en tono resignado:
– Déjelos pasar.
Garzón estaba perplejo, y su perplejidad hacía que entendiera las cosas con mucha más lentitud que de costumbre. Cuando se hubo hecho una idea cabal, enseguida sacó a relucir su lado práctico.
– Oiga, inspectora, hay que decírselo al comisario Coronas inmediatamente. Lo más probable es que este caso no nos corresponda llevarlo a nosotros; de modo que tampoco hace falta que nos descornemos demasiado.
– ¿Ni siquiera siente curiosidad? Es insólito que asesinen a un monje en este lugar, y mucho más insólito aún que roben un cuerpo que lleva siglos patidifuso.
– Será muy milagrero o algo así.
La madre priora se nos acercó. Estaba blanca, visiblemente alterada por todo el follón que habíamos organizado. A nuestro alrededor se movía el forense, el juez, los expertos, los fotógrafos… comprendí que todo aquello estuviera poniéndola nerviosa.
– ¿Cuánto dura todo esto, inspectora?
– Depende, pero le aseguro que aún tenemos para un buen rato.
