Huimos de una manera bastante poco cortés, pero sabía que si pasaba a despedirme de la madre superiora, volvería a enzarzarme en un diálogo sin fin.

– Siento haberle molestado, Garzón.

– No se preocupe. Volveré a la fiesta.

– ¿Felicitará a Beatriz de mi parte?

– Desde luego, descuide.

En el coche, mi mente estaba ocupada en lo que no debía. ¿Quién mata a un restaurador de momias que pertenece al monasterio de Poblet y, consecuentemente, a la orden del Císter? Y sobre todo ¿quién y para qué carga con una momia y la saca de un convento en plena madrugada jugándose el tipo? Porque si se la llevaron debíamos suponer que era porque la querían para algo. ¿Una momia es frágil?; aparentemente sí. Debían de manipularla con un cuidado exquisito. ¿Una momia tiene cotización en el mercado de los anticuarios? Me costaba creerlo, la verdad, a no ser que se encontrara engalanada con algún rico hábito funerario, una capa bordada con joyas o alguna reliquia especial. Pero en tal caso, ¿no hubiera sido más fácil desnudar al pobre beato, cargar con sus ropajes y dejarlo allí, triste y en pelotas? Además, si el motivo de aquel delito era el robo, ¿por qué tuvieron que matar al pobre fraile? ¿Estaba trabajando a horas intempestivas y descubrió a los profanadores? Nunca, en toda mi vida de policía, me había encontrado con tantos interrogantes al comienzo de un caso. Normalmente, aunque luego los hallazgos de la investigación te lleven por otros derroteros, el delito suele tener una apariencia más o menos lógica cuando te enfrentas a él. En ocasiones, son más las hipótesis que las preguntas y todo tiende a encajar en un patrón no demasiado variable. Daba igual, lo único que me estaría permitido hacer a partir de aquel momento sería curiosear de vez en cuando sobre los avances del caso que la policía autonómica realizara, si es que tenían a bien contarme algo.

Cuando llegué a casa, Marina ya se había marchado con su madre y Marcos me esperaba leyendo.



15 из 389